Texto dramático escrito por Eraclio Zepeda

KARLA GÓMEZ NOTICIAS

El día y la noche se cruzan y nos regalan la primera postal: Franco Lázaro Gómez (Emiliano Orozco), sentado frente a una mesa pequeña, cubierta de hojas con dibujos, habla sobre su muerte.

Dice que aún es la hora de los sueños, la hora de la verdad, que San Pascual todavía está por las calles, rechinando su vieja carreta, de huesos y madera de huesos. Dice que San Pascual se lleva a los hombres. Dice que pasa y alguien muere. Dice que cuando muera no habrá carreta. San Pascual solo está en los pueblos. No va al río. No va a la selva.

El tiempo y el agua, texto dramático escrito por Eraclio Zepeda, inició temporada bajo la dirección de Jorge Zárate en el foro autogestivo La Puerta Abierta. En esta puesta en escena, el protagonista es el pintor y grabador chiapacorceño, Franco Lázaro Gómez, quien falleció en el río Lacanjá, el 3 de mayo de 1949, durante las primeras expediciones a Bonampak.

El sueño, el tiempo y el agua, son elementos presentes en el montaje, uno abre la puerta al inconsciente, el otro arrastra la memoria de los pueblos, y el último guarda el sigilo de la vida, que confluyen en la figura de Franco Lázaro, que se debate entre la vigilia y la muerte.

Este “poema dramático” o “réquiem”, como Zárate lo denomina por sus cualidades literarias, llega a escena después de 67 años de haberse montado por primera vez bajo la dirección de Luis Alaminos Guerrero, en un montaje donde participaron Gustavo Acuña, Romeo Gómez, Chela Reyes, Marta Arévalo Osorio y Cristina Müench.

La propuesta de Jorge Zárate reúne un nuevo elenco integrado por Emiliano Orozco (Franco Lázaro), Hugo Daniel de la Cruz (Niño), María Eugenia Meza (Mamá) y Marihana Zárate (Voz), quienes dan vida a un montaje que vincula un hecho histórico, un descubrimiento arqueológico, la vida artística de un grabador y el trabajo dramatúrgico de Eraclio Zepeda.

La escenografía retratista y las luces de color ámbar, realizadas con luminarias tradicionales operadas por el director escénico, generan en la escena un calor sofocante, y una sensación de ensoñación y vigilia continua.

Esta puesta en escena conduce a los últimos minutos de vida del grabador, quien antes de fallecer realizó algunos dibujos considerados premonitorios, entre ellos a San Pascualito, así como un muñeco de barro, este último presente en la obra.

Un aspecto importante por mencionar es el parecido físico entre el actor Emiliano Orozco y Franco Lázaro, así como la plástica visual y la limpieza que otorga la propuesta escénica con imágenes poéticas. En ellas, Marihana Zárate, quien es la voz que sentencia y espera, se convierte en el trazo vivo, ya que su vestuario se parece a uno de los grabados hechos por el artista, titulado Hombres cargando ollas y una sillita.

Asimismo, María Eugenia Meza, nos dibuja a una madre cuidadosa, que, con su palabra trata de darle sombra a Franco, y como madre, sabe que, no hay regreso, que con el agua y el sueño se cruzan los caminos hacia la muerte.

El tiempo escénico es lineal, devorador, como si quedara la espera del eterno retorno de un grabador. Mediante una cuidada producción que enriquece el montaje, se resignifica la figura de Franco Lázaro Gómez e invita al público a conocer su obra artística, a mirar un periodo clave de la historia en Chiapas, y a contemplar el teatro a través de un suceso histórico, donde una expedición arqueológica da fin a una premonición.

FOTO: KARLA GÓMEZ

PIE DE FOTO: El tiempo escénico es lineal, devorador, como si quedara la espera del eterno retorno de un grabador.