KARLA GOMEZ NOTICIAS

Al salir de su casa termina el silencio. Salvador Jiménez Gómez y el sol caminan juntos. Recorren las mismas calles, ven a las mismas personas, escuchan música. Cada uno hace una tarea diferente.

El sol: sustenta a casi todas las formas de vida en la Tierra a través de la fotosíntesis, determina el clima del planeta y la meteorología. En cambio, Salvador, afila arma cortopunzantes, como: cinceles, cuchillos, machetes y tijeras. Ambos son necesarios, nunca falta quien deje de implorar de la presencia de ellos.

Cuando es de día ambos se ven a la cara, se hacen compañía. Salvador siempre anda a pie, camina. Es su propio transporte. La calle es como esas líneas de una mano, que se encuentran y se separan al abrirse y cerrarse.

Él anticipa su llegada con un instrumento de aliento, lo hace sonar tan fuerte como si se tratara de una parvada de cenzontles. Camina cargando una mochila de color negro y empujando su instrumento de trabajo: una bicicleta cortada a la mitad que utiliza para afilar un objeto, esto mediante el impulso que hace cuando pedalea, entre más haga este movimiento, más filo les pondrá a los objetos que trata a la puerta de una casa.

Antes, Salvador -quien tiene 67 años y lleva 17 años dedicándose a este oficio-, su sombra se paseaba en San Juan Chamula, zona geográfica de donde es originario. Por muchos años se dedicó a ser peón, por ello, de joven trabajó en San Cristóbal de Las Casas, Villahermosa, Tabasco y Ciudad de México.

—Me dedico a este oficio porque es difícil a mi edad seguir trabajando de peón. A este trabajo le agarré rápido, sólo debo caminar desde las siete de la mañana hasta la hora que el sol se esconde de lunes a sábado, raras veces domingo —abunda el entrevistado que tiene como lengua materna el tsotsil y también es hablante del español. Además, lleva radicando alrededor de 30 años en la ciudad de Tuxtla Gutiérrez.

Salvador ya no tiene familia para mantener, sus hijos han crecido. No obstante, el promedio de dinero que gana por cada afilada es de 15 a 35 pesos. Reconoce que hay días buenos y días malos, pero ninguno lo deja sin comida.

—A veces me quedan viendo raro, se sorprenden que personas como yo nos dediquemos a esto, ahora los chavos se emplean en otras cosas—, comenta recargado en una pared.

El centro de la capital se ha convertido pues, en una competencia de productos y sonoridades musicales, que, por sus altos decibeles, los comerciantes creen que los compradores serán persuadidos para ingresar al local y consumir. Pese a ello, en esas construcciones que ya no conservan el rostro del Tuxtla antiguo, Salvador logra encontrar casas de familias tradicionales, que aún están asentadas en los primeros planos de la ciudad.

Una señora se asoma a la calle del lado norte-poniente, a una distancia de 80 metros le hace seña para que vaya. Salvador, quien viste una camisa color caqui y pantalón gris, se aproxima a la dama, se acomoda el sombrero y escucha a la señora:

—Desde cuando lo andaba esperando. Mire: tengo estos dos machetes, ¿será que le puede dar una afiladita?—, expone la señora de piel blanca y complexión delgada.

Este es el último trabajo que hace en el día, alrededor de 25 minutos le llevó afilar estos objetos, se emociona cuando agarra filo. Este hombre de piel morena devuelve las armas con cuidado, ya que en otra ocasión se cortó con una.

Esta tarde-noche el trabajo ha concluido, camina dejando atrás al sol. Sin embargo, en próximos minutos le abrirá la puerta al silencio.

FOTO: KARLA GÓMEZ

PIE DE FOTO: Esta tarde-noche el trabajo ha concluido, camina dejando atrás al sol. Sin embargo, en próximos minutos le abrirá la puerta al silencio.