Durante siete años, Bernardo Esquinca dejó reposar las historias que hoy conforman El rey lepra
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Durante siete años, Bernardo Esquinca dejó reposar las historias que hoy conforman El rey lepra, su más reciente libro de cuentos publicado por el sello Almadía. Lejos de tratarse de una pausa fortuita, el tiempo fue parte esencial del proceso creativo: una estrategia consciente para permitir que cada relato encontrara su forma, su tono y su profundidad. El resultado, afirma el propio autor, es su libro más personal hasta ahora, una obra donde el terror fantástico se entrelaza con inquietudes íntimas y con una mirada crítica sobre la violencia cotidiana del mundo contemporáneo.
El universo narrativo de El rey lepra está poblado por escenas perturbadoras que rozan lo grotesco y lo inquietantemente familiar. Turistas que viajan a África en busca de experiencias extremas sin considerar las consecuencias; un restaurante donde es posible cenar con un psicópata “a la carta”; un vampiro que se instala sin estridencias en una colonia de Guadalajara; niños que se aventuran en casas embrujadas del Desierto de los Leones; o plagas de ratas gigantes que toman las calles de la Ciudad de México. Cada historia contribuye a construir un mosaico oscuro, reconocible y profundamente incómodo, donde lo fantástico no se opone a la realidad, sino que la amplifica.
Aunque Esquinca aclara que no escribió el libro con una intención moral o ideológica, reconoce que muchas de las narraciones dialogan de forma indirecta con su propia experiencia. Hace alrededor de ocho años decidió volverse vegetariano, luego de haber sido “muy carnívoro”, y esa reflexión sobre el consumo atraviesa varios cuentos. “No solo predamos en la comida, sino en todo: animales, humanos, recursos, cuerpos y hasta amistades”, señala el autor. Desde su perspectiva, vivimos inmersos en un sistema donde todos somos, al mismo tiempo, depredadores y presas, tanto en un sentido literal como simbólico.
El libro también representa un acercamiento inédito del escritor a su propia memoria. A sus casi 54 años, mirar hacia atrás se volvió inevitable. Esquinca admite que El rey lepra es lo más cercano que ha escrito a la autoficción, aunque no considera ese término un género en sí mismo. En algunos relatos incluso llega a encarnar a uno de los personajes, pero siempre bajo el filtro de la ficción. Recuerdos, espacios y vivencias reales se transforman para crear una atmósfera literaria donde la frontera entre verdad y mentira se vuelve borrosa. La casa embrujada de uno de los cuentos, por ejemplo, existió realmente y fue un lugar que visitaba en su infancia junto a sus primos.
Más que un regreso al cuento —género que nunca ha abandonado—, El rey lepra funciona como una declaración de principios. En un mercado editorial que privilegia la novela por razones comerciales, Esquinca defiende el cuento como una forma esencial en la tradición literaria latinoamericana, especialmente en el terreno de lo fantástico y el terror. Cocinar lentamente los relatos y reunirlos en volúmenes amplios es, para él, una manera de rendir homenaje a esa herencia.
Finalmente, permanece la figura que da título al libro: el enigmático “rey lepra”. Esquinca evita explicaciones. Sonríe y se limita a decir que está ahí, apareciendo y desapareciendo como una presencia esquiva. Quizá, como muchas de las obsesiones que recorren el libro, su fuerza radica precisamente en no revelarse del todo.
FOTO: Cortesía
PIE DE FOTO: Bernardo Esquinca presenta El rey lepra, un libro de cuentos donde el terror fantástico dialoga con la memoria, el consumo y la violencia cotidiana.
