Una invitación a ampliar el horizonte de lo que consideramos universal
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En 1956, tras presentar en la Universidad Nacional Autónoma de México su tesis doctoral La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes, Miguel León-Portilla (1926-2019) enfrentó una polémica que marcaría la historia del pensamiento en México. Su propuesta —sostener que los antiguos nahuas habían desarrollado una auténtica filosofía— fue recibida con escepticismo e incluso desdén por algunos académicos de la Facultad de Filosofía. En sus memorias póstumas, Soy mi memoria, publicadas en 2026 con motivo del centenario de su natalicio, recordó que hubo quienes consideraron “un dislate” afirmar que los pueblos originarios hubieran reflexionado filosóficamente sobre el mundo.
El debate fue intenso. Según narra, varios profesores manifestaron que estaba “probablemente trastornado” por defender tal postura. Sin embargo, también hubo reacciones solidarias. El arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma y estudiantes de la Escuela Nacional de Antropología e Historia respondieron con energía ante aquellas críticas, reivindicando la seriedad del trabajo filológico y conceptual de León-Portilla.
Lo que el investigador hizo fue analizar, con rigor lingüístico, un conjunto de textos en náhuatl que abordan cuestiones fundamentales: la concepción de la divinidad, el sentido del ser humano, su destino, la libertad, la ética y el arte. Problemas que dialogan con las grandes preguntas de la tradición filosófica occidental. Además, recordó que fray Bernardino de Sahagún, autor de la Historia general de las cosas de la Nueva España, había descrito a los tlamatinime como “sabios, filósofos”, reconociendo la profundidad especulativa del pensamiento mexica.
Entre los conceptos centrales estudiados por León-Portilla destaca el de la verdad (neltiliztli), entendida como aquello que está firme, enraizado. Para los nahuas, solo la deidad dual Ometéotl poseía esa firmeza absoluta, como principio y sostén del cosmos. En contraste, la vida en la tierra (tlalticpac) era vista como transitoria, “solo un poco aquí”, semejante a un sueño. Ante esa fugacidad, los sabios se preguntaban si el ser humano podía alcanzar alguna forma de arraigo.
La respuesta se encontraba en la expresión poética: in xóchitl in cuícatl —“flor y canto”—, concebida como la vía para aproximarse a lo verdadero. Si el conocimiento ordinario no bastaba para asir la verdad, la poesía, con su dimensión metafísica y simbólica, ofrecía un camino para trascender lo efímero.
A setenta años de aquella tesis, la obra de León-Portilla no solo abrió un campo de estudio, sino que transformó la manera de entender la herencia intelectual de los pueblos originarios. Su defensa del pensamiento náhuatl como filosofía sigue siendo, más que una provocación, una invitación a ampliar el horizonte de lo que consideramos universal.
FOTO: CORTESÍA
PIE DE FOTO: A setenta años de aquella tesis, la obra de León-Portilla no solo abrió un campo de estudio, sino que transformó la manera de entender la herencia intelectual.
