KARLA GÓMEZ NOTICIAS

De color atigrado y habitante del Valle de México, una singular variante del ajolote despertó la curiosidad científica del célebre paisajista José María Velasco, quien dedicó más de una década a observarla y estudiarla con rigor. Hoy, el público puede conocer este aspecto poco difundido de su obra en la exposición José María Velasco. Los apuntes del pintor, que presenta el Museo Nacional de Arte (MUNAL), recinto del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL).
De acuerdo con el curador e investigador Ramón Avendaño, Velasco denominó inicialmente a esta variante del anfibio Siredon tigrina. Sin embargo, el zoólogo francés Alfredo Dugès propuso posteriormente modificar su nombre científico a Ambystoma velasci, como reconocimiento al trabajo del artista mexicano. En el museo se conservan tres litografías donde Velasco registró la anatomía de la especie, así como tres volúmenes de la revista La Naturaleza, publicación de la Sociedad Mexicana de Historia Natural en la que difundió su investigación.
Según explicó Avendaño, el pintor observó cuidadosamente al anfibio en su entorno natural, realizó disecciones y analizó sus características para comprender mejor esta especie proveniente del lago Santa Isabel, cerca de la Villa de Guadalupe. El estudio fue publicado bajo el título Una nueva especie del género Siredon encontrada en el lago Santa Isabel, cerca de la Villa de Guadalupe en el Valle de México, resultado de un trabajo que se estima tomó entre once y trece años.
Este esfuerzo científico le otorgó a Velasco reconocimiento internacional como naturalista, pues cuestionó ideas establecidas sobre el ajolote. Desde tiempos prehispánicos, este animal forma parte del imaginario cultural mesoamericano, vinculado al dios Xólotl y considerado una de sus metamorfosis. Tras la llegada de los europeos, los frailes también registraron su existencia en el Códice Florentino, sorprendidos por su singular biología.
Durante siglos, el ajolote despertó la curiosidad de naturalistas por sus capacidades regenerativas y por los mitos en torno a su metamorfosis. Ejemplares fueron llevados incluso a Europa para su análisis, aunque sin comprender plenamente su relación con el ecosistema del Valle de México. Velasco, en cambio, lo estudió directamente en su hábitat, lo que le permitió comprender cómo factores como la calidad del agua y las condiciones ambientales influyen en su desarrollo.
Para Avendaño, esta investigación refleja el carácter inquieto del artista. Retomando una idea del poeta Octavio Paz, señaló que Velasco fue “un anfibio entre la ciencia y el arte”. Su mirada no se limitó al paisaje pictórico, sino que se extendió al estudio detallado de la naturaleza, participando activamente en el ámbito científico.
El homenaje de Dugès al renombrar la especie también es significativo dentro de la taxonomía científica. El género Ambystoma, al que pertenecen los ajolotes, alude a características físicas como su cabeza aplanada y boca ancha; sin embargo, la denominación velasci reconoce directamente el aporte del pintor a su estudio.
Además de revelar esta faceta científica de Velasco, la exposición invita a reflexionar sobre la conservación de estos anfibios. Aunque el ajolote se ha convertido en un símbolo de México, muchas de sus variantes enfrentan riesgo de extinción, entre ellas Ambystoma velasci.
La muestra José María Velasco. Los apuntes del pintor reúne más de 50 piezas —entre dibujos, pinturas, impresos y una escultura— que permiten acercarse a la mirada científica y artística de uno de los grandes maestros del paisaje mexicano. La exposición permanecerá abierta al público hasta el 12 de abril en el Museo Nacional de Arte, ubicado en Tacuba 8, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, y puede visitarse de martes a domingo, de 10:00 a 18:00 horas.
FOTO: KARLA GÓMEZ
PIE DE FOTO: Arte y ciencia en el MUNAL.
