La reflexión estuvo a cargo de Michel Otayek, investigador de la Universidad de Hannover
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La Secretaría de Cultura del Gobierno de México y el Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL), a través del Centro Nacional de Investigación, Documentación e Información de Artes Plásticas (CENIDIAP), realizaron el pasado 27 de febrero una jornada académica dedicada al legado de Kati Horna, centrada en el análisis de su serie fotográfica Historia de un vampiro (1962).
En la primera mitad del siglo XX, el cine vampírico ocupó un lugar destacado en la cultura visual occidental, con títulos como La muerte de Drácula (1921), Nosferatu (1922) y Drácula (1931). Frente a esas narrativas donde el vampiro encarnaba la otredad, la enfermedad o la amenaza, Horna propuso un giro radical: en su serie, una vampiresa llega a una casa en Coyoacán y, lejos de irrumpir como figura ominosa, parece integrarse al espacio arquitectónico en un gesto cargado de resonancias autobiográficas. Actualmente, la obra se exhibe en la muestra Kati Horna. La mirada puesta en página, en el Museo Casa Estudio Diego Rivera y Frida Kahlo.
La reflexión estuvo a cargo de Michel Otayek, investigador de la Universidad de Hannover, quien participó en las jornadas realizadas en el Aula Magna José Vasconcelos del Centro Nacional de las Artes. El historiador del arte iberoamericano y asesor del Archivo Privado de Fotografía y Gráfica Kati y José Horna subrayó que esta serie corresponde a una etapa de plenitud creativa para la artista, quien, tras huir de Hungría, Berlín y París, y dejar atrás Barcelona, encontró en México un entorno propicio para desarrollar una narrativa visual vinculada con su propia biografía.
Otayek destacó que, a diferencia del cine —incluido el mexicano, como el de Fernando Méndez en 1957—, donde el vampiro es una presencia extranjera y amenazante, Horna transforma el símbolo: su personaje femenino se maravilla ante el entorno y parece fundirse con él. Esta relectura dialoga con la experiencia del exilio y con la integración de la fotógrafa al ámbito cultural mexicano.
La investigadora también recordó que la casa de Horna en la calle de Tabasco fue un punto de encuentro para artistas e intelectuales, escenario de episodios como la boda de Leonora Carrington con Emérico “Chiki” Weisz en 1946. En ese entramado colaborativo participaron figuras como Remedios Varo y Alejandro Jodorowsky, consolidando una red creativa en la que Horna ocupó un papel articulador.
Además de su producción íntima y experimental, la artista desarrolló una amplia labor en revistas como S.nob y Mujeres, donde construyó una estética del retrato que permite reconstruir el entorno cultural mexicano de mediados del siglo pasado. Para Otayek, su obra en Europa —marcada por su participación republicana en la Guerra Civil española y su postura antifascista— debe leerse no solo como documental, sino desde una perspectiva política y de género.
La jornada concluyó con un conversatorio en el que participaron antiguos alumnos de Horna: Arturo Rosales, Estanislao Ortiz y Silvia González de León, moderado por las curadoras Paulina Villaseñor y Paola Uribe. El encuentro reafirmó la vigencia de una creadora cuya obra, cada vez más reconocida a nivel internacional, continúa abriendo nuevas rutas de investigación sobre la imagen, la memoria y la arquitectura en el México del siglo XX.
FOTO: CORTESÍA
PIE DE FOTO: El encuentro reafirmó la vigencia de una creadora cuya obra, cada vez más reconocida a nivel internacional, continúa abriendo nuevas rutas de investigación.
