Jhonatan González NOTICIAS

Por generaciones, el aroma del maíz cocido y el vapor de las ollas han marcado el ritmo de vida de Luvia Vázquez Ibáñez, mejor conocida como doña Vivi o tía Vivi, una mujer que ha convertido el oficio del tamal en sustento, herencia y orgullo familiar.
A sus 77 años de edad, doña Vivi no habla de retiro, habla de trabajo, de fe y de seguir adelante “hasta que Dios me dé vida y salud”. Desde los 21 años comenzó a elaborar tamales, un oficio que aprendió al lado de sus padres y que hoy suma 56 años de experiencia continua, sin escuela, pero —como ella misma dice— con una carrera forjada en el esfuerzo diario.
“Yo no tengo estudios, pero tengo un trabajo honrado”, afirma con firmeza mientras enumera la variedad de tamales que salen de su cocina: de mole, chipilín, pollo, queso, hierba santa, tazajo, res, frijol y cambray, todos elaborados con masa de maíz nixtamalizado, una tradición que se resiste a desaparecer frente al uso de harinas industrializadas.
El proceso inicia desde temprano. El maíz se compra, se cuece, se manda al molino y después comienza la preparación. “La maseca no tiene sabor, no tiene la gracia del maíz”, dice convencida. Por eso, pese al trabajo extra, mantiene el método tradicional que le ha ganado una clientela fiel.
En temporadas normales, doña Vivi elabora entre 700 y 800 tamales diarios; en fechas de alta demanda como el 12 de diciembre, Todos Santos o la Candelaria, la producción puede alcanzar hasta los 2 mil tamales en un solo día. Las jornadas comienzan a las siete de la mañana y, cuando hay pedidos grandes, se extienden hasta las ocho o nueve de la noche.
El negocio no solo ha sido su sustento, sino la base para sacar adelante a su familia. “De aquí he hecho mi casa, la escuela de mis hijos, sus carreras”, dice con orgullo. Hoy la apoyan su hija, un nieto y un par de ayudantes, mientras sus hijos, ya casados, colaboran cuando pueden.
Aunque los costos de insumos como el maíz y la hoja han aumentado, especialmente en temporadas festivas, doña Vivi procura mantener los precios. “A veces solo subimos un pesito”, explica, consciente de que el equilibrio entre costo y clientela es parte del oficio.
La fama de sus tamales ha rebasado el municipio. Sus productos se consumen en Tonalá, Chiapa de Corzo, Villaflores, Cintalapa y hasta fuera del estado; incluso, algunos clientes los compran para congelarlos y llevarlos más allá de la frontera. “Es por el sazón”, asegura. “Si no le gusta a la gente, ya no vuelve”.
Actualmente, doña Vivi ofrece tamales y bebidas tradicionales como atol agrio, champurrado, arroz con leche, atol de cacahuate y café. Por las mañanas se instala en la entrada del mercado y por las noches, en la plazuela del mercado.
Entre el vapor de las ollas y la fe heredada de sus padres, doña Vivi continúa envolviendo historia, trabajo y tradición en cada hoja de tamal.
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Doña Vivi o tía Vivi, una mujer que ha convertido el oficio del tamal en sustento, herencia y orgullo familiar.
FOTO: Jhonatan González
