Raúl Eduardo Bonifaz COLABORADOR

La memoria humana también está poblada por  símbolos. Son referencias, físicas o no, a lo que hemos sido y a cómo nos hemos visto o buscamos vernos. Los símbolos, por supuesto, tienen, deben tener una lectura libre, con mayor o menor información según el caso. Una espada, por ejemplo, es percibida de manera distinta en Constantinopla que en Bagdad. Una daga es portadora de mensajes diferentes entre los cazadores de especies marinas que por los cuchilleros borgianos de Buenos Aires. Un penacho del Valle de México significó la identidad del Señor en el poder y hoy es un ejercicio estético en los encuentros de la Guelaguetza oaxaqueña. El águila de los mexicas que marcaba un territorio conquistado es ahora un referente cívico a la unidad de los mexicanos.

Los símbolos también son cambiantes, porque reflejan diversos tiempos y diferentes circunstancias. El espacio vacío de la bandera Trigarante fue ocupado por el águila imperial y ésta fue substituida por una distinta que representaba el sentir republicano. Los símbolos representan la memoria de las mujeres y los hombres en el tiempo que también es portador de transformaciones. Así el escudo de Chiapas que nos fue dado por el Emperador Carlos I a principios del siglo XVI ya no es percibido igual que en los años inmediatos a la Conquista. Recordemos que es una entidad memorial y, como tal, debe ser adaptado al tiempo en que vivimos.

Por ahora hay un debate sobre si fue pertinente ocuparse de un elemento simbólico en vez de orientar los esfuerzos, de las personas y de las instituciones, hacia la atención de los problemas reales de la entidad chiapaneca. Hay parte de verdad en esa apreciación, pero es muy relativa, ya que la identidad y la memoria histórica son factores decisivos en las propuestas de transformación o de permanencia. Seguramente necesitamos cubrir otras necesidades materiales, pero la voluntad para hacerlo también se relaciona con nuestras memorias. Decía Abraham Lincoln que para regresar la libertad a Estados Unidos no bastaba con los soldados de la Unión, sino que era decisiva la voluntad de hacerlo y esa voluntad nacía de la identificación con la Patria.

El nuevo escudo tiene muchas lecturas y eso es muy importante para la libertad y el fortalecimiento de los valores. En mi lectura personal percibo la presencia indígena, no solo en la historia sino como protagónica en la actualidad. Se lee en la ceiba las raíces profundas y el camino a las alturas. Se muestra al maíz como nuestra planta primigenia, aquella que dio los granos para construir a los hombres completos. Resalta la potencia de nuestra naturaleza con el Cañón del Sumidero, el Río Grande y nuestro volcán icónico. Se lee la presencia del cero maya y la aproximación mayense a los astros. Se ve que en materia de la Filosofía, nuestros antepasados eran realmente competitivos. El nuevo escudo llama a poner freno a la discordia, con una fiera que parece traer un mensaje para los seres  humanos; un mensaje que convoca a cuidar la tierra y que la especie sobreviva. El nuevo escudo seguramente pasará la prueba de la memoria.

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